Siempre prepárate

  • ¿Carlos me prestas tu chamarra?
  • ¿Ei Carlos?
  • ¿Carlos?

..Retumbaba mi oído una y otra vez mientras yo hacía caso omiso y fingía no escuchar nada continuando con la plática que tenía con mi amiga de al lado.

Era una noche no muy fría de diciembre en Hermosillo por allá del año 2007, me encontraba en mi casa practicando el novedoso baile de Soulja Boy, por aquello de que se ofreciera en las fiestas, cuando me entra una llamada a mi Nokia 1200 de mi amigo Omar para invitarme a felicitar a una amiga por su cumpleaños. Era de esas noches que ya te encuentras resignado a no salir pero que la invitación cae bien ya que no es un plan muy agresivo y por el contrario es de lo más sencillo:

Pasarían por mí + ir a felicitar + platicar + burro y a dormir.

Paso por ti en 5 minutos – dijo Omar. Terminé la llamada y me dirigí a mi cuarto.

Me puse un pantalón, tenis y me disponía a ponerme una camisa cuando pensé ¿Para qué voy en camisa? Me pongo cualquier playera y encima me pongo mi sudadera “estilo hoodie”, así voy más cómodo– pensé.

En ese momento sonó perfecto.

En realidad esa decisión no era mala pero fue la que vino a continuación de la cual me arrepentiría más tarde.

Me tome muy enserio la frase “cualquier playera”… “CUALQUIER playera”.

En aquel entonces supongamos que mi talla ideal de playera era la talla grande (si me conocen hoy en día se que es difícil de creer pero para los que no me conocen la foto de la portada de este post es una selfie), pero por razones que aun no entiendo decidí ponerme una playera XS de esas de “primera carrera padres y alumnos 1999”, obviamente en ese enunciado yo era el alumno.

No abundaré mucho en detalles pero digamos que mi ombligo estaba al aire libre y que si por alguna razón se me ocurría levantar la mano por encima de mi cabeza probablemente enseñaba algo de pecho.

  • ¿Carlos me prestas tu chamarra?
  • ¿Ei Carlos?
  • ¿Carlos?

¿Ahora entienden porque fingía no escuchar? Sólo quedaban 2 opciones:

  1. Prestarle mi sudadera a aquella pequeña friolenta dejando mi dignidad, mis llantitas y mi ombligo al descubierto pero saliendo de la situación como un héroe.

ó

  1. Ser el villano sordo de la noche e irme escondiendo estilo Homero Simpson.

Opte por la opción 2.

carlos.png

Para mi suerte aquella “pequeña friolenta” no era la morrita que me gustaba y la situación no pasó de que me tachara de tener un mal oído, pero la lección fue anotada y aprendida: siempre hay que prepararse.

Sentado aquí frente a mi laptop casi 10 años después del suceso y obviamente con una camisa que me llega a los tobillos te digo:

SIEMPRE PREPÁRATE 

No importa que tan insignificante o importante sea el compromiso, que tan corta o larga sea la presentación, que tan atractivo o no es ese posible trabajo, siempre prepárate.

La confianza nace de la preparación y la suerte, como dijo un filósofo, sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran.

Si gustas puedes ir por la vía fácil y no prepararte, pero cuando en la noche al acostarte te arrepientas de no haberlo hecho seguramente soñaras con mi ombligo hablándote y diciéndote: “te lo dije”.

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