¿El cuerpo sigue a la mente? o ¿es al revés?

¿Qué fue primero el huevo o la gallina? ¿Hasta dónde se lavan la cara los calvos? ¿de qué barrio es Paquita? Esta y otras preguntas constantemente me asechan. En estos días, una pregunta más que se suma a ese cúmulo de dudas existenciales es si ¿la mente sigue al cuerpo? O ¿el cuerpo sigue a la mente?

En numerosas ocasiones he escuchado de “el poder de la mente” de cómo aquellos que logran dominarla son los que sobresalen. Además, hoy más que nunca, en un mundo tan rápido y ruidoso, encontrar quietud en la mente pareciera cada vez más complicado. Fue Mark Twain quien dijo “He tenido miles de problemas en la vida. La mayoría de ellos nunca sucedieron en realidad”. La mente es muy poderosa, para bien y para mal. Es la culpable de muchas de nuestras dudas y miedos, pero también de nuestros éxitos y atrevimientos.

¿y el cuerpo? ó como dirían las influencers ¿y el cuerpower? ¿dónde lo dejamos? ¿Qué efecto tiene en nuestra mente? ¿Es también el cuerpo culpable de nuestros éxitos y fracasos? ¿El cuerpo le dice a la mente que hacer o es al revés?

Sin tener el dato científico, mera lógica y experiencia, creo yo que la mayor parte del día es la mente la que le dice al cuerpo que hacer. Sin embargo, hay ciertos momentos donde ocurre lo contrario. Es el cuerpo el que manda, por instinto, por costumbre, por rutina, pero es el cuerpo quien por pequeños momentos toma el control de nosotros y la mente, por más perspicaz e inteligente que sea, lo sigue.

Quise encontrar algunos ejemplos en mi vida cotidiana para demostrarlo y encontré algunos cuantos, De momento, les comparto uno de ellos.

LEVÁNTATE Y ANDA

Fue Jesús quien dijo “levántate y anda”. La frase completa en algunos lados se encuentra como “Levántate, toma tu camilla y anda” y en otros como “levántate, toma tu lecho y anda” en mi caso no fue Jesús, fue mi cuerpo, quien le dijo a mi mente “levántate, toma tu celular y anda”.

A raíz de la pandemia ya estoy por cumplir un año en home office. Previo a ella, mi lugar de trabajo era en una oficina con compañeros, olor a café y sillas giratorias. En esta oficina los espacios de trabajo son abiertos, sin mamparas, sin cubículos. Espacios que fomentan la comunicación, colaboración, trabajo en equipo, entre otras muchas cosas positivas. Sin embargo, algo que ha hecho este nuevo estilo de trabajo es que se pierda un poco la privacidad, por ende, cuando recibía o hacía una llamada “importante” no podía tomarla frente al resto de mis colegas, me levantaba de mi lugar y me iba a la sala de juntas a tomarla. Con cada llamada o incluso nota de voz que yo considerará entraba en esta categoría de “privada importante” repetía el mismo ritual: me paraba de mi asiento, caminaba a paso veloz a la sala de juntas y tomaba la llamada. Este ritual se repetía con constancia en la oficina y yo no era el único, prácticamente el resto de mis compañeros también lo llevaban a cabo.

Llegó el home office, mismo que realizo solitario en mi cuarto, extrañando a mis compañeros, pero eso sí, con mayor privacidad. Aquí puedo tomar y realizar las llamadas importantes y las notas de voz sin preocuparme de quién pueda escuchar. Pero usted querido lector ¿adivine qué? Si, cada llamada o nota de voz importante me sigo parando de mi silla para tomarla/realizarla. No me había percatado de esto hasta que reflexione sobre la relación cuerpo/mente – mente/cuerpo. Cada llamada importante mi cuerpo al levantarse de la silla inconscientemente le dice a mi mente “esto es importante, te necesito concentrado”. No importa si es una llamada que yo realizo o una entrante, sí sé que es importante, automáticamente me paro y la llevo adelante.

Me di cuenta que con o sin compañeros al lado, lo importante lo realizo parado. No es mi mente quien cuando suena el celular y ve que el cliente más importante me llama se percata de esto y en fracción de segundos le dice a mi cuerpo “deberías pararte ya que esto mejorará tu postura, te pondrá alerta, tu sangre y oxigenación fluirán mejor y así aumentarás tu probabilidad de éxito” no, realmente mi mente en esos segundos pierde la correa y la cede al cuerpo, quien por instinto, como Jesús le dijo a su discípulo o como un padre le dice a su hijo millenial que está castigado “levántate, toma tu celular y anda”

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